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45 Años Después

Germán Henríquez Véliz
25 de Octubre de 2014

Soy un nostálgico, siempre estoy tratando de revivir los momentos que han sido importantes en mi vida. El paso por la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile es uno de ellos.

¿Por qué venimos a este encuentro?  Porque algo que sucedió en apenas seis o siete años fue lo suficientemente fuerte y potente para hacernos estar acá. Como sucede con los amigos del barrio de la infancia o los compañeros de una guerra. Son momentos en donde se construyen los cimientos y se erigen los pilares de nuestra persona. Fue en la época de la universidad que compartimos alegrías, miedos, frustraciones y mucho esfuerzo. También nuestra visión ingenua e ignorante del futuro que nos tocaría. Eso hace que aunque haya pasado mucho tiempo, podamos mantener ese sentimiento de complicidad y de confianza que distingue la relación entre jóvenes que desarrollan juntos la visión del mundo que van a conquistar con su voluntad y energía.

Uno puede trabajar con alguien mucho más tiempo, ser vecino durante años, y nunca llegar a tener una conexión profunda. Pero con la universidad pasa otra cosa… Porque es el paso a la adultez, la transición emocional, el momento de definiciones. Y eso está grabado en nuestra memoria. Y venimos acá 45 años después, a corroborar que todo eso que pasó es cierto. Que seguimos siendo los mismos, aunque hayamos cambiado, que todo lo vivido y lo sufrido sirvió para este presente. Que no somos tan idiotas como parecía a veces a juzgar por las notas, ni tan macanudos como nos creíamos la mayor parte del tiempo.

Los que estamos aquí no somos simplemente el ahora. Somos el resultado de una colección de sucesos... Hemos recorrido caminos muy variados y diferentes en estos 45 años. Tenemos entre nosotros empleados, consultores, empresarios, escritores, poetas, comerciantes, científicos, profesores, amos y amas de casa, jubilados, abuelos, solteros, divorciados y a lo mejor algún recién casado. ¿Qué importa? No son los caminos los que nos unen, sino el punto de partida, esos seis años de nuestras vidas que corrieron en paralelo, durante los cuales teníamos las mismas obligaciones y anhelos, los mismos ideales e intereses.

Recuerdo el primer año, con un primer semestre en que andaba como perro de departamento suelto en el parque, sin obligación de asistir a clases, dedicado con entusiasmo a jugar baby futbol. Por suerte me cayó la teja a mitad de año y me puse las pilas pasando todos los ramos a la primera. Recuerdo también las máquinas de copiar que armábamos distintos grupos. Por ejemplo, Tulio Grisanti, Lucho Heilbraum y yo teníamos letras parecidas y usábamos los mismos lápices y hojas. Así, cuando uno terminaba un problema lo ponía en el banco entremedio y el otro lo tomaba como si fuera suyo, para copiarlo… No vayan a creer que no sabíamos, sólo era para hacer el trabajo más eficiente.

Recuerdo el casino, lugar preferido para juntarse, jugar cartas, almorzar una paila con huevos que nos hacía la Raquelita -en realidad ya no me acuerdo si la hacía la Raquelita o ella sólo cobraba la cuenta- y la biblioteca donde las bibliotecarias sabían sin ninguna duda cuál libro era mejor para estudiar determinada materia.

Recuerdo mi ingenuidad hace 45 años cuando me sentía orgulloso por lo mucho que había aprendido de cálculo estructural, matemáticas avanzadas, física, trigonometría y otras ciencias exactas. Estaba, y estoy, convencido de que la formación académica que recibimos fue extraordinaria. Me sentía así preparado para conquistar la vida. ¿Les cuento algo? Casi ninguna de esas materias las usé en mi trabajo posterior. Sin embargo, me di cuenta años más tarde que la Escuela me había entregado una cosa más importante que los conocimientos específicos de cada ramo. Más que la información me entregó una formación. Una manera de pensar, de organizar las piezas del rompecabezas, de enfrentar los problemas o los desafíos, como decidir el mejor camino para resolverlos y como avanzar hacia la meta. Esto sí que lo he usado en todo lo que me ha tocado enfrentar. Mi señora y mis hijas reclaman que también lo aplico en las cosas de pareja y familia. Qué a veces se necesita más un abrazo que una solución. ¿Qué le vamos a hacer? Así somos los ingenieros.

Después de un largo recorrido, después de tantos caminos que pudo tomar la vida, de tantas personas, de tantas experiencias, hoy me alegra coincidir con aquellos con los que hace más de 50 años empecé a soñar de qué manera quería vivir, ser feliz y ser alguien.

En ese tiempo, y durante muchos años de trabajo profesional, pensé que el éxito era lograr muchas lucas y puestos de excelencia. Hoy en realidad, sin desmerecer esos objetivos, ahora relativizados, pienso que el éxito es tener un pasar digno y una familia bien armada y unida férreamente. Hoy me siento realizado. Hoy puedo decir que mis sueños me permitieron emprender un vuelo que me ha llevado al lugar en que hoy me encuentro: con una excelente mujer a mi lado, con la que hacemos un equipo invencible, con cuatro hijas, cuatro yernos y cinco nietos por ahora, a los que amo, con una bonita carrera profesional y con seres que me aman y con los que compartimos penas y alegrías.

Parte de la alegría de vivir que siento se debe a la amistad de muchos que han caminado conmigo algún trozo de sus vidas, como todos los que están hoy aquí y que sé que también están felices de compartir este momento.

Hoy todos podemos decir que somos triunfadores. De partida logramos terminar una carrera difícil. Pudimos y aún podemos trabajar en lo que quisimos. Sin darnos cuenta formamos parte del 2% de mejor pasar de este país. Hoy muchos nos aman, a estas alturas hemos dado mucho de nuestra vida y marcado otras. Hoy ya hemos dejado una huella en la historia.

Somos privilegiados. Estudiamos gratis, alcanzamos a hacerlo en una época que se estudiaba a conciencia, con buenos profesores desde el colegio, en que queríamos ser buenos profesionales, no sólo tener un cartón.

Hay una frase que dice que la vejez empieza cuando las nostalgias sobrepasan a los proyectos. Aunque las nostalgias en mí son un tema recurrente, también lo son los nuevos caminos que quiero recorrer. Los invito a no sentirse viejos y tratar de devolver a la sociedad lo que nos ha tocado, en parte por suerte y en parte por el esfuerzo personal.

Estos 45 años nos agarran maduros y con experiencia, pero también con un horizonte más acotado, más cercano. Por eso, pienso que sería bonito hacer algo cuyo resultado lo podamos ver en un plazo relativamente corto, por ejemplo, para la gran celebración de los 50 años.

Me suscribiría a cualquier proyecto que proponga alguien, que ayude a hacer mejor a Chile, y que sea acogido por un número suficiente de compañeros para llevarlo a cabo.

Mientras tanto, yo presento uno. La educación en Chile es cada vez más mala. Propongo que tomemos un colegio de una comuna pobre y, sin poner dinero sino que sólo ayuda en  administración, capacitación a profesores y trabajadores y mística en todos, logremos un cambio en los niños que allí estudian. Los resultados se verían con las pruebas de medición que realiza el Ministerio de Educación.

Quisiera incluir un momento para recordar a los compañeros que lamentablemente ya no están entre nosotros, incluso algunos que fallecieron antes de terminar la carrera. Ellos son: Pedro Aguirre, Jaime Aros, María Eugenia Benítez, Santiago Birrer, Eduardo Bolívar, José Manuel Brassea, Mario Butrón, Sergio Cabello, Hernán Castro, Jaime Colomer, Maximiliano Correa, Tomás Fahrenkrog, Hernán Glavic, Carlos Golborne, Luis Miranda, Jorge Moreno, Luis Pacheco, Juan Carlos Raif, Joaquín Risopatrón, Gregorio Rosemblum, Juan Sáez, Julio Sapiaín, Jaime Soto, Enrique Soza, Raúl Valdivia, Osvaldo Vergara. Los recordamos a todos con mucho cariño.

Pero este es un momento para festejar y no para estar triste. Debemos alegrarnos por estar juntos hoy y volver a ser jóvenes en nuestra mente. Vivamos el presente y disfrutémoslo.

Y si Dios lo permite… ¡Nos vemos en el 2019 para los 50 años!

 

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